Ella fue a la playa con unas amigas a pasar el fin de semana, porque si, porque era ya verano y en Madrid empezaba a hacer un calor insoportable. Me dijeron que fuera pero no pude porque estaba medio pachuca… constipada en verano, ¿a quién se le ocurre?, Mierda de aire acondicionado!!
La única misión de todas las amigas era pasarlo bien, pero ella quería además tomar suficiente sol para eliminar su blanco nuclear, porque el lunes tenía una cita con Esteban, y quería estar preciosa, quería que él sintiese, igual que ella pensaba de él, q estaban hechos el uno para el otro. Por eso cuando a las 6 de la mañana todavía estaban todas tomando copas ella empezó a impacientarse, quería irse a casa para aprovechar el día siguiente.
Le conoció en la puerta de entrada de “El Chiringuito” que en contra de lo que su nombre indicaba de chiringuito tenía bien poco, en honor a la verdad, por lo q me contaron y lo que vi en las fotos debía haberse llamado “El discotecón” pero bueno, no nos vamos a poner ahora a juzgar los nombres de los garitos playeros, Dios nos libre!!
El estaba en la despedida de soltero de su amigo Paco junto con no se muy bien cuantos chicos vestidos todos iguales con una camiseta azul con mensaje obsceno y de muy dudoso gusto. Así que cuando se acercó a ella, su primera reacción fue pensar “Vaya Capullo” y sinceramente creo q yo hubiera pensado lo mismo. De hecho yo creo q no le hubiera dado la oportunidad de decir una palabra porque yo siempre he sido un poquito borde y sobre todo si me quiero ir a dormir, pero ella resignada, sin llaves para irse a casa y sabiendo que aún quedaban un par de horas de fiesta, simplemente sonrió, pagó la entrada y se fue directa al baño. Cuando salió, en la puerta del baño él la estaba esperando.
Yo no estaba, solo me lo contaron, y os he contado con detalle el principio de esta historia tal y como se me relató a mi porque es lo más curioso de este cuento de hadas… todo lo demás… es lo q cabe esperar… q resultó que se cayeron bien y q terminaron viendo amanecer en la playa cogidos de la mano al más puro estilo peli romántica, q al día siguiente apenas pudieron despegar los labios y al terminar el fin de semana, el uno al norte y la otra al sur se fueron cada uno en un autobús… y mira, sin haberlo deseado, me ha salido un pareado…
En otra época, al volver a Madrid, ella habría acudido a su cita con Esteban y él… bueno, no se cuáles eran sus planes… el caso es q habrían seguido cada uno con su vida. Pero en la era de la tecnología, antes de que ella llegase a Madrid ya se habían cruzado 20 mensajes de móvil, y así continuaron durante días, y solo 3 meses después ella ya no concebía que él pudiera no formar parte de su vida. Todas nos acostumbramos a oír hablar de él pero salvo las que fueron a la playa, ninguna jamás le vimos la cara… y como siempre, desde fuera se ven las cosas más fáciles, no entendíamos q ella no viera q aquella relación no iba a ningún sitio.
Nunca supimos que pasó, nunca supimos como terminó, porque ella no quiso contárnoslo, solo sé que en el baño de la oficina, un día la vi llorar.
Érase una historia antigua, contada en las noches claras frente al fuego. Una historia contada de generación en generación en voz baja. Repetida y recordada pero prohibida. Una historia contada en secreto. Una historia de un héroe que lucho contra los ángeles que trataban de arrebatarle la libertad de pensar y ser diferente.
Los ángeles habían empezado a gobernar muchos años antes de que él naciera. Los ancianos cuentan con la voz dulcificada por el paso del tiempo, que los ángeles, poseídos por odios milenarios, capturaron las risas que coloreaban las caras de sus habitantes, que se volvieron grises y moribundas. Robaron las muestras de cariño entre las personas y lo único que podía escucharse en los hogares eran dañinos reproches. Decidieron alimentar la desesperanza y ya nadie confiaba en el futuro.
Cuenta la historia, que él se alzó contra esa tiranía. Busco en el fondo de los bosques dónde decían que se escondían los antiguos. Y tras superar muchas dificultades consiguió encontrarles.
Y estos le ofrecieron su ayuda porque sabían que su causa era justa. Y le llenaron de símbolos la piel para que le protegieran; y le ofrecieron sus armas hechas de sueños y templadas con el agua salina de sus lágrimas; y le forjaron un yelmo de la plata de la corona del más grande de los suyos y estaba coronado de un penacho de las alas de sus enemigos.
Y con los amuletos de su cuerpo, las armas hechas de ilusión y tristeza, y el yelmo con los símbolos de la amistad y del odio, se dirigió a dar muerte a los ángeles que habían esclavizado a su pueblo.
Y acompañado por el coraje de saberse vencedor, cabalgó sólo durante días atravesando bosques milenarios, desiertos abrasadores como su ímpetu, lagos profundos y misteriosos… y no se detuvo ni un solo instante.
La ilusión de los antiguos le servía de alimento y sus lágrimas calmaban su sed. La tristeza le ayudaba a aferrarse a todo aquello por lo que debía luchar. Los sueños se desplegaban ante sí como una puerta dorada que se abría hacia otras vidas anheladas. No tenía miedo porque comprendía que la confianza de los antiguos era verdadera y le conducían hacia adelante. Y con la fuerza del odio de los ángeles entró en la batalla que duró eternidades.
Derribó a cientos gracias al poder que los antiguos le habían otorgado, pero era superado ampliamente en número y “los alados” eran fuertes y poseían el poder de las armas y de las palabras. Sobrepasado por el enemigo, desapareció del campo de batalla y del mundo.
Los ángeles tras la batalla, borraron su nombre y prohibieron contar su historia. Pero aún, siglos después, su pueblo cuenta la historia del héroe sin nombre que se alzó contra los ángeles y fue derrotado. Y esperan, junto al fuego, su regreso para dar libertad a su pueblo.
Relatado por Mutsiwa y Huidobro
Ágora, como en las antiguas polis griegas trata de fortalecer la cultura de los individuos y en este caso ha elegido la luna como techo. Ella, periodista de corazón, es capaz de analizar las situaciones, luchando contra lo rutinario, viendo un sentido superior a las cosas plantando la semilla de la duda con sus preguntas, provocando el inconformismo mental. Gracias a sus viajes mezcla sus reflexiones con un crisol de paisajes de lugares y gentes mestizando sus experiencias con su propio ser. Gracias Ágora por participar en este cachito de luna que ya es también tuya.
Milhojas
Nicolás se descubre ante el espejo del tocador. Se palpa la cara y desliza los huesudos dedos por los surcos que han dejado en su piel los muchos viajes.
“Cuántos caminos – piensa- ¡Son tan profundos como los cañones que cavaban en la roca aquellos ríos! Millones de años tardan en dibujarlos, y mira yo…”. Se lleva la palma a la frente para sacudirse la ocurrencia. ”Y aquí delante, estas tres hendiduras. Parecen como cortes, precisos, de lado a lado, aunque yo nunca noté ni los cuchillos ni la sangre. Huyo, huyo, siempre huyo. Preferí huir. ¿Por qué matar...? No, no, pueden ser heridas, entonces, quizá mis pensamientos, mis dudas; seguro que ahí están todos los matices, unos y otros, prensados…”
Entrecierra los ojos escudriñándose en el espejo. “Y fíjate –se dice-, fíjate en estos abanicos que salen de los ojos. ¿Demasiado mirar? Con el calor que he pasado… ¡Y lo que habría agradecido a veces un poco de brisa y, mira ahora, están ahí estos dos abanicos!” -se ríe para sí. “¿O quizá son alas de mariposa? Ojalá se parecieran a las nervaduras de la mariposa monarca, que vive viajando siempre buscando un rayo de sol. Cuántas veces he volado tras ellas persiguiendo más luz.”
Con una mano, atrapa el aire. “Y, sí, me he quemado”.
Se ensimisma repasando sus manos, manchadas de muchos soles, y en esos dedos que ahora se quiebran como las ramas de un viejo olivo. “Pero yo ya no podré hacer aceite, ¿o sí…?”
Vuelve al espejo, donde se recortan las plantas de los pies, y le asalta entonces en el pecho un eco, el susurro de las voces que acaban de pasar por la habitación:
- "¿Tienes frío?”
- “No, Alba, hija, no los tapes, que no tengo frío, es igual, déjame así, estoy bien, estaré bien. Sonríe, mi amor. Haced lo que tengáis que hacer. Y, por favor, después dejadme solo, sólo un poquito solo...”
Y ahora levanta los ojos hacia el espejo, pero un vaho parece cubrirlo. Nota los párpados, temblorosos, cayendo livianos, como plumas desprendidas. “Ahora son un delicado milhojas – piensa. Me gustaba el de mi madre. ¿Lo habrá seguido preparando allí también?”
Todas las historias son ciertas. Pero esta pasó de verdad, si es a eso a lo que te refieres. Más o menos. Hay que ser un poco mentiroso para contar bien una historia. Demasiada verdad tergiversa los hechos. Demasiada sinceridad te hace parecer falso.
Skarpi, contador de historias. El nombre del viento
Hacía siglos que no se veían, hacía siglos que ni siquiera se acordaban el uno del otro.
Nunca había pasado nada malo, se habían querido con la pasión y la locura de los primeros meses y con la devoción y la ternura que da el cariño compartido de la convivencia, y un día sin mas se habían dado cuenta de que ya no quedaba ni siquiera la ceniza del fuego que había sido, ya solo había costumbre, y sin grandes aspavientos, sin abrir grandes heridas, sin mas… se habían apartado el uno del camino del otro.
Hacía siglos que no se veían, hacía siglos que ni siquiera se acordaban el uno del otro.
Cada uno había seguido con su día a día, con su trabajo, con sus nuevas casas, con sus nuevas rutinas, con los amigos que les habían tocado en el reparto de amigos posterior a la ruptura. Cada uno había sido feliz por separado y nunca se había arrepentido de la decisión que habían tomado. Al principio se veían, luego solo charlaban por teléfono de vez en cuando, un día simplemente desaparecieron.
Hacía siglos que no se veían, hacía siglos que ni siquiera se acordaban el uno del otro.
Ninguno de los dos habían rehecho su vida. Habían tenido relaciones… algunas solo rolletes, otras un poco mas serias, pero ninguno había vuelto a sentir lo q ya había sentido con el otro y no había querido conformarse.
Hacía siglos que no se veían, hacía siglos que ni siquiera se acordaban el uno del otro.
Esa mañana ella había ido a la peluquería porque tenía una fiesta por la noche y luego había quedado para comprar un regalo de cumpleaños. Mientras la peinaban, se acordó de él y de q ella había ido a la peluquería el día q se conocieron, de lo felices q habían sido juntos, se peguntó como le estaría yendo la vida, deseó que hubiera salido bien, o al menos haber tenido constancia suficiente para no dejarle desaparecer del todo, sintió que si le tuviera delante le daría un abrazo, quizá le besaría.
Esa mañana el se había levantado tarde, tenía una resaca terrible y el frigorífico vacio así que se puso unas gafas de sol y bajó al super antes de que cerraran a comprar una pizza congelada y un par de cervezas. En el ascensor, mientras bajaba se acordó de ella y de q con ella el frigorífico nunca estaba vacío, de lo felices q habían sido juntos, se peguntó como le estaría yendo la vida, deseó que hubiera salido bien, o al menos haber tenido constancia suficiente para no dejarla desaparecer del todo, sintió que si le tuviera delante le daría un abrazo, quizá le besaría.
Hacía siglos que no se veían.
En el paso de cebra, ese que casi no dura nada abierto que hay entre el Corte Inglés y Zara, de repente se abrió el semáforo y entre el gentío cargado con bolsas de rebajas ambos corrieron para no tener q pararse en medio. Casi se rozaron al cruzarse, ella recién peinada, él con gafas de sol.
Hacía siglos que no se veían, pasarían siglos antes que ni siquiera se acordaran el uno del otro.
Homenaje a esas pequeñas poblaciones que en muchas ocasiones tienen dificultades para cohesionar su tradicional modus vivendi con el a veces, no tan necesario avance de la sociedad tecnológica.
Cuando el viejo Ferreiro se levantó de la cama, no lo hizo de forma natural y pausada cómo tradicionalmente acostumbraba, y es que allende la ventana podía escuchar un ruido ensordecedor que rompía la tradicional quietud que el otrora paraje del valle de la Alcudia acostumbraba a tener. Se asomó todavía perezoso y algo molesto por la ventana de su pequeña pero acogible habitación atisbando unas pequeñas formas amarillas. Sus ojos llenos de legañas, y el no haberse puesto las gafas, le impedían ver con claridad lo que estaba produciéndose apenas cien metros acullá.
Mas Ferreiro poco a poco fue aclarando su mente y sin terminar de ver bien, empezó a percibir lo que ocurría: ruidos de taladradoras golpeando las rocas, rugidos de grandes motores moviendo vehículos con un lento transcurrir, y finalmente griteríos en todo su enrededor. Todo ello era indicativo de una sola cosa: la característica tranquilidad con la que él y el resto del puñado de habitantes que habían vivido durante tantos años en el pequeño rincón del valle, llegaba tristemente a su fin.
Nuevamente un relato a dos manos Mutsiwa y Huidobro al ataquerrrrr...
Qué te voy a contar...
Fernando es el primero en abrir el bar. Viene tarareando la musiquilla de cabecera del programa que ha escuchado en la radio mientras desayunaba. Se saca el manojo de llaves del bolsillo de pantalón y abre con firmeza la puerta del bar vacio, pero al subir el escalón descubre que hay una extraña mancha de aceite y pegada a ella una nota escrita en una servilleta:
“Fernando, mira por favor detrás de la máquina del café. Pero hazlo antes de que lleguen los demás”. La letra era de Tomás, el encargado. "¡Qué majo Tomás siempre con las mismas!" Ni que él fuera el chico para todo… aunque en realidad sí que lo era. Desde que había empezado a trabajar en el bar había hecho de todo. Y de todo significa de todo.
"Pero esa mancha de aceite no la hace la máquina de café… vamos seguro que no la hace." Así que no duda en coger la bolsa con las cuatro herramientas que guardan en el bar y apaga los plomos para que no le salte nada al tocar el aparato.
Mueve ligeramente la máquina y con un ruidito de satisfacción comenta en alto y para sí mismo “Ya sabía yo que esta mancha no era de la máquina de café”, "pero ¿de dónde carajo sale…?" se pregunta mientras palpa una baldosa completamente repleta de aceite. “Joder, ¿y esto?” la baldosa se despega y Fernando ve un hueco del que chorrea el líquido viscoso.
"¿Pero por qué me mete Tomás siempre en estos marrones? Y ahora a ver qué hago yo cuando empiecen a entrar los clientes. A ver si con este trapo ahí bien encajado…”
Mientras se las ingenia para taponar el aceite, las baldosas contiguas comienzan a despegarse una a una y a salir despedidas contra la barra. Fernando se protege de ellas haciéndose una bola en el suelo de la barra. “Ostias que susto, esto será una broma del bueno de Tomás, algo se trae entre manos este cabrón” piensa Fernando mientras se incorpora una vez restablecida la calma.
Al mirar a la pared ve un agujero enorme, y dentro una especie de cámara de la que no tenía ni la menor idea de su existencia. El olor que sale de la cámara le recuerda a las catacumbas de las iglesias, aquello tenía pinta de haber llevado cerrado mucho tiempo.
“Esto es de coña, ¿pues no hay aceite por todas partes?” dice mientras asoma su cabeza por el gran boquete. En el fondo observa varios objetos esféricos… pero no hay luz suficiente para distinguirlos con claridad. Así que se acerca nuevamente a los plomos y los activa. Las luces van encendiéndose poco a poco iluminando parcialmente la sala recién descubierta.
Fernando vuelve a introducir la cabeza en el agujero. No se termina de ver bien. Introduce parte del cuerpo y finalmente el resto. Y allí en el medio de la sala ve como están depositados 5 enormes huevos de algún animal realmente grande. Uno de ellos está roto y puede apreciar como el contenido del huevo es lo que chorrea de las paredes. “¡¡Qué cojones!!” dice justo antes de escuchar un extraño gruñido que le pone la piel de gallina. Sin pensarlo ni un momento salta de nuevo por el agujero y una vez fuera agarra la máquina registradora para echar a correr salvando así los ahorros de Tomás.
“Y que te voy a contar. Eso es lo que paso, señora psicóloga, y así es como me encontró la policía. Sí, estaba corriendo y llevaba la maquina en brazos. Ya les dije que todo lo que les contaba era cierto y que nada más lejos de la realidad el intentar acceder al interior de la cafetería por un agujero en la pared. Y todavía menos el querer robar a Tomás la recaudación del último fin de semana.”